Una aliada evolutiva
Una de las formas más interesantes de entender la ansiedad es desde la perspectiva evolutiva. Esta mirada parte de una idea simple pero poderosa. La ansiedad no es un fallo en el cerebro moderno, sino una emoción que ha estado con nosotros (y con otras especies) desde hace miles de años, cumpliendo un papel clave en nuestra supervivencia1. Sentir ansiedad, en cierto sentido, nos ha servido para mantenernos alertas, prepararnos para lo desconocido y tomar decisiones que ayudan a protegernos cuando percibimos una amenaza. Desde este enfoque, la ansiedad nos prepara para responder con estrategias como huir, congelarnos o enfrentar el peligro. El aumento y desarrollo relativamente acelerado de estructuras cerebrales dio lugar al procesamiento de información más especializada y a conexiones neuronales más densas. Diferentes funciones como el aprendizaje, la memoria y la atención adquirieron relevancia2, estos procesos nos han ayudado a recordar experiencias negativas del pasado, nos permiten ajustar el comportamiento y prepararnos mejor para situaciones futuras evitando que cometamos los mismos errores.
Cuando la ansiedad deja de ser una aliada y empieza a jugar en contra, se ha producido una alteración que puede perjudicarnos3. Por ejemplo, puede pasar que, ante un examen, sintamos tanta ansiedad que nos bloqueamos y olvidamos información importante, incluso si estudiamos con tiempo y dedicamos horas al aprendizaje. En esos momentos, nuestra mente desvía su atención hacia sensaciones internas y pensamientos amenazantes en lugar de enfocarse en las preguntas que tenemos delante. Algo similar ocurre cuando caemos en patrones de pensamiento como la rumiación: esa tendencia a dar vueltas una y otra vez a ideas negativas, muchas veces exageradas o poco probables, que terminan generándonos un malestar intenso. Aunque la ansiedad está diseñada para mantenernos alertas y listos para actuar, si se desregula puede abrir la puerta a problemas de salud mental que afectan nuestro equilibrio emocional y calidad de vida4.
Una distorsión del pensamiento
Desde la psicología, autores reconocidos como David Barlow5, David Clark y Aaron Beck6 coinciden en que la ansiedad es una respuesta provocada por el miedo. El miedo, en este contexto, se entiende como una emoción básica, automática e instanciada en nuestro sistema nervioso. En cambio, la ansiedad se presenta como una versión más compleja y elaborada. No solo es una reacción fisiológica, sino también una experiencia que involucra lo que pensamos, percibimos con el cuerpo y la forma en la que actuamos. Es una respuesta interpretativa que se activa ante la anticipación de una amenaza. Cuando este mecanismo empieza a distorsionar lo que se percibe dentro y fuera de nosotros con un matiz altamente negativo, impredecible o imposible de controlar, significa que la ansiedad se está desbordando. En esos casos, desde esta mirada, es posible hablar ya de la ansiedad como un trastorno6. Es decir, se produce la alteración de una función que ha dejado de ser adaptativa. Aparecen sensaciones físicas que suelen ser intensas y difíciles de ignorar, como tensión muscular constante, dificultad para respirar con normalidad, cambios en la temperatura corporal (como sentir mucho frío o mucho calor), cansancio súbito y problemas para concentrarse. El sueño también se ve afectado, cuesta dormir bien y el descanso no es reparador. A veces lo más desconcertante es que estas señales surgen en situaciones que antes no representaban ninguna amenaza ni generaban incertidumbre. Por ejemplo, se puede empezar a sentir ansiedad sin una razón clara ante actividades tan cotidianas como ir a la escuela, al trabajo o simplemente salir de casa7.
Si bien la psicología ha hecho valiosas aportaciones para entender la ansiedad, incluyendo sus dimensiones emocionales, cognitivas y fisiológicas, su enfoque tiende a centrarse en el momento en que esta deja de ser funcional. Es decir, dado que se reconoce que la ansiedad puede tener un papel adaptativo, gran parte de sus intervenciones se diseñan considerando aquellos casos en los que se ha desarrollado un trastorno. Por lo que más que acompañar la experiencia emocional desde su origen, muchas veces el interés se desplaza hacia el alivio de los síntomas y la erradicación de la disfunción. Esto ha permitido desarrollar herramientas clínicas efectivas, pero también ha contribuido a que, en ocasiones, la ansiedad sea vista casi exclusivamente como pensamientos distorsionados que deben evitarse o eliminarse.
Un desequilibrio neurobiológico
En el contexto de la psiquiatría, y en particular del marco de investigación conocido como Research Domain Criteria8 (RDoC), el miedo y la ansiedad se asocian con mecanismos neurobiológicos y conductuales que permiten detectar, procesar y responder a estímulos adversos o amenazantes. Si bien la función primordial de estos mecanismos es proteger al organismo, una desregulación puede derivar en problemas de salud mental. Por ejemplo, la ansiedad patológica se manifiesta como una atención excesiva frente a amenazas potenciales (sesgo atencional). Mientras que el miedo patológico implica una reactividad desadaptativa ante peligros percibidos como inminentes y se vincula a fobias, ataques de pánico o síntomas de trastorno de estrés postraumático. Ambos tipos de respuestas reflejan alteraciones en circuitos cerebrales (como la amígdala), respuestas fisiológicas exacerbadas, que en la conducta se expresan en forma de evitación, inquietud o en estados mentales como preocupación o miedo irracional.
La desregulación de los mecanismos asociados al miedo y a la ansiedad puede desencadenarse por experiencias adversas, que van desde la exposición cotidiana a violencia interpersonal, hasta eventos excepcionales como desastres naturales o conflictos armados. Estas experiencias generan respuestas orgánicas de estrés, definido alrededor de 1960 como una respuesta fisiológica inespecífica ante demandas o amenazas (físicas o psicológicas), según la definición de Hans Selye9. Si bien el estrés cumple una función adaptativa (restaurar el equilibrio), su cronificación desgasta sistemas neurofisiológicos clave, lo que incrementa la vulnerabilidad a enfermedades físicas y mentales.
Una tensión entre lo que somos y lo que podríamos ser
En años recientes la vida afectiva de la especie Homo ha cobrado un renovado interés desde la filosofía. Esta propuesta retoma elementos clave de las perspectivas que hemos revisado aquí, las integra y les asigna distintos grados de relevancia. Coincide en que las emociones han evolucionado para darnos información tanto del entorno como de nuestros estados internos, con el fin de facilitar una adecuada interacción con los otros y con el mundo que habitamos. Sin embargo, profundiza un poco más buscando delimitar con mayor precisión las características que estructuran a una emoción y la nota que distingue a una de otra. Según esta perspectiva, cada emoción se forma a partir de siete fuentes distintas de información (las creencias, los gestos, los cambios corporales, las experiencias fenoménicas y perceptuales, y los cambios cognitivos)10. Durante la infancia, esta información cumple principalmente una función comunicativa con el cuidador primario, pero cuando crecemos e ingresamos al mundo cultural, nuestras emociones se vuelven cada vez más complejas. Bajo este marco teórico, la ansiedad se entiende como una forma específica de miedo que ha adquirido mayor complejidad, es decir, el miedo que se experimenta ante un peligro futuro. Lo que distingue a la ansiedad humana de la que pueden sentir las otras especies es la memoria y la imaginación. Aunque algunos animales también cuentan con esos procesos cognitivos, no se considera que sean conceptuales. En cambio, la ansiedad humana es profundamente conceptual, ya que su objeto formal es proposicional. Sin embargo, la relación de la ansiedad con el futuro se vuelve problemática porque sólo puede representar lo incierto como peligroso.
La teoría representacional retoma desde la psicología y la psiquiatría la noción de que las emociones pueden presentar distorsiones cognitivas y desequilibrios neurológicos e incluye los errores de representación. Estos errores se producen cuando no hay una correspondencia entre el contenido mental y lo percibido, como es el caso de las ilusiones y las alucinaciones10.
Siguiendo la línea clásica de la filosofía, este enfoque las vincula también estrechamente con el carácter. Para Aristóteles, las emociones son transitorias, específicas y situacionales, mientras que el carácter es una disposición más estable y duradera. Así, la valentía y la prudencia nos llevan a actuar de manera virtuosa y equilibrada, mientras que la temeridad o la ansiedad nos inclinan a comportamientos viciosos y desajustados11. El carácter se forma a partir de experiencias y hábitos reiterados, y es por ello que es moldeable. Si una persona actúa con valentía de manera constante, esta repetición forja una disposición virtuosa, que a su vez le permitirá responder con valentía en futuras situaciones.
Una propuesta interesante es que la ansiedad comparte con el optimismo la base cognitiva de la imaginación, es decir, pensar en el futuro. No obstante, como se explicó anteriormente, en la ansiedad esta relación suele ser problemática, mientras que en el optimismo esa proyección futura está bien ajustada12. En ese sentido, el optimismo podría entenderse como la dirección a la que tiende la ansiedad cuando ha sido transformada en una disposición virtuosa y estable en el tiempo.
Reflexión final
Reconocer la presencia de la ansiedad como una emoción en la vida de los seres humanos y explorar su origen es importante para redireccionar la educación emocional. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, históricamente la ansiedad es una de las emociones más comunes que pueden transformarse en un trastorno; en 2019 esta organización informó que esta condición estaba presente en 301 millones de personas13. Más adelante, en 2021, durante la pandemia de COVID-19 se reportó un incremento mundial del 25%, mientras que en México (2024) el Sistema de Salud reportó que la ansiedad como trastorno fue una de las condiciones de mayor atención (52.8%)14. Por otra parte, en un estudio realizado en un hospital de tercer nivel durante la pandemia, se encontró que el 83.1% del personal de salud presentó ansiedad como trastorno15.
Se ha planteado que los conflictos relacionados con los problemas emocionales se han incrementado debido a la sobrevaloración del desarrollo intelectual creando una brecha entre lo que se sabe y se siente. Específicamente, el personal dedicado al cuidado de la salud se enfrenta a una formación rígida y extenuante que aunada a largas jornadas de trabajo y pocas horas de descanso, los convierte en un grupo altamente vulnerable, ya que poseen una gran formación académica, pero se ha dejado de lado la formación afectiva.
En este breve texto hemos explorado la ansiedad desde diversas perspectivas (evolutiva, psicológica, psiquiátrica y filosófica), mostrando que esta emoción, lejos de ser un simple síntoma de malestar, es una emoción compleja que ha acompañado a la especie humana como parte de su repertorio adaptativo. Puede funcionar como una aliada que mejora nuestra capacidad de anticipación y supervivencia, pero al desbordarse o desregularse, puede volverse un obstáculo que limita el bienestar. Desde las alteraciones neurobiológicas estudiadas por el RDoC, hasta los patrones de pensamiento distorsionados abordados por la psicología cognitiva, pasando por las concepciones filosóficas que vinculan la ansiedad con la imaginación y el carácter, se evidencia una tensión constante entre lo que somos y lo que podríamos ser. En última instancia, recuperar una mirada más amplia y matizada de la ansiedad, no solo como un síntoma o un trastorno, puede abrir un camino hacia el autoconocimiento que permita transformarla en una disposición virtuosa. Esta posibilidad no es solo clínica o teórica, sino también un ejercicio de responsabilidad colectiva.
Agradecimientos
Las autoras agradecen a la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI) por el apoyo económico para realizar estudios de doctorado en Ciencias Cognitivas y Estancias Nacionales Posdoctorales.
Financiamiento
Las autoras declaran no haber recibido financiamiento para este estudio.
Conflicto de intereses
Las autoras declaran no tener conflicto de intereses.
Consideraciones éticas
Protección de personas y animales. Las autoras declaran que para esta investigación no se han realizado experimentos en seres humanos ni en animales.
Confidencialidad, consentimiento informado y aprobación ética. El estudio no involucra datos personales de pacientes ni requiere aprobación ética. No se aplican las guías SAGER.
Declaración sobre el uso de inteligencia artificial. Las autoras declaran que no utilizaron ningún tipo de inteligencia artificial generativa para la redacción de este manuscrito.
